La Soledad del Corredor de Fondo
(Loneliness of the Long Distance Runner. GB, 1962)
Brillante Oda Antisistema
“En nuestra familia siempre hemos corrido. Sobretodo huyendo de la policía. Es difícil de entender. Sólo hay que correr. Sin saber por qué, por el campo y por el bosque. Y ser el ganador no es el final. Aunque la gente anime hasta quedarse tonta. Así es la soledad del corredor de fondo”.
Con estas palabras pronunciadas por Colin Smith (Tom Courtenay) da comienzo la historia de este joven inconformista, el mayor de cuatro hermanos, que vive en un humilde barrio obrero de la industrializada ciudad de Nottingham.
Uno de los mejores exponentes de todas las obras surgidas en el seno del Freecinema británico, un movimiento que nació en la década de los 60 unos años después de la Novelle Vague francesa, y que trataba de reflejar la realidad social que le circundaba, algo que negaban que hiciese la tradición cinematográfica inglesa. Uno de los temas que abordó fue el de la juventud que entraba en conflicto con la sociedad de la época, explorando, como en este caso, su mundo familiar, laboral y educativo.
Aunque su director, Tony Richardson, recurre en algunos momentos a ciertos recursos vanguardistas en su época (la cámara rápida, curiosas cortinillas…) que podemos ver en otras de sus películas (la oscarizada Tom Jones, 1963; La Última Carga, 1968 o Joseph Andrews, 1977) y que ahora podemos juzgar un tanto desfasados, su presencia es mínima en esta cinta (a diferencia de Tom Jones, que es una comedia), y en mi opinión conserva toda su modernidad hasta el punto de tener la sensación de estar asistiendo a una obra que podría haberse filmado ayer mismo. Y lo digo siendo mi director favorito David Lean, quien ese mismo año rodó Lawrence de Arabia, y cuyo estilo es totalmente diferente.
Anoche, cuando volví a verla después de haberlo hecho el año pasado en Popular TV, la comprendí y valoré mucho mejor. Disfruté de la sólida interpretación de Tom Courtenay (que ganó el premio de la academia británica al mejor actor debutante y el de mejor actor del Festival del Plata), en la piel de este joven desencantado con una sociedad en la que como el mismo dice “no me gusta la idea de matarme para que los jefes se beneficien. Eso está mal. Los beneficios para el trabajador. Es lo que yo creo. En el futuro será así”.
Con estas palabras pronunciadas por Colin Smith (Tom Courtenay) da comienzo la historia de este joven inconformista, el mayor de cuatro hermanos, que vive en un humilde barrio obrero de la industrializada ciudad de Nottingham.
Uno de los mejores exponentes de todas las obras surgidas en el seno del Freecinema británico, un movimiento que nació en la década de los 60 unos años después de la Novelle Vague francesa, y que trataba de reflejar la realidad social que le circundaba, algo que negaban que hiciese la tradición cinematográfica inglesa. Uno de los temas que abordó fue el de la juventud que entraba en conflicto con la sociedad de la época, explorando, como en este caso, su mundo familiar, laboral y educativo.
Aunque su director, Tony Richardson, recurre en algunos momentos a ciertos recursos vanguardistas en su época (la cámara rápida, curiosas cortinillas…) que podemos ver en otras de sus películas (la oscarizada Tom Jones, 1963; La Última Carga, 1968 o Joseph Andrews, 1977) y que ahora podemos juzgar un tanto desfasados, su presencia es mínima en esta cinta (a diferencia de Tom Jones, que es una comedia), y en mi opinión conserva toda su modernidad hasta el punto de tener la sensación de estar asistiendo a una obra que podría haberse filmado ayer mismo. Y lo digo siendo mi director favorito David Lean, quien ese mismo año rodó Lawrence de Arabia, y cuyo estilo es totalmente diferente.
Anoche, cuando volví a verla después de haberlo hecho el año pasado en Popular TV, la comprendí y valoré mucho mejor. Disfruté de la sólida interpretación de Tom Courtenay (que ganó el premio de la academia británica al mejor actor debutante y el de mejor actor del Festival del Plata), en la piel de este joven desencantado con una sociedad en la que como el mismo dice “no me gusta la idea de matarme para que los jefes se beneficien. Eso está mal. Los beneficios para el trabajador. Es lo que yo creo. En el futuro será así”.
Posiblemente uno de los momentos de mayor intensidad se produce cuando todos los alumnos entonan al unísono el viejo y tradicional himno Jerusalem, el cual contrasta con el ritmo que imprime la música al resto de la película.
Rodada en blanco y negro, las escenas de Colin perdiéndose por el bosque y campo a través mientras corre (recuerda la libertad de los bosques de Sherwood) son de una gran belleza, acompañadas de las piezas influidas por el jazz del compositor John Addison.














0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada