miércoles, 12 de septiembre de 2007

The Company


The Company
(The Company. USA, 2003)


Una bella estampa del arte de la danza
En la gran pantalla hemos podido ver musicales a lo largo de toda la historia del cine y como estos han evolucionado con el mismo, desde entrañables títulos que al ritmo del claqué nos dejaron Ginger Rodgers y Fred Astaire, hasta los provocativos y sugerentes números y coreografías de Cabaret (1972), protagonizados por Liza Minelli, sin olvidar a Gene Kelly con su contagiosa energía de Un Americano en París o Cantando Bajo La Lluvia. Más centrados en el mundo propio de la danza y el baile nos han conmovido obras dramáticas como Sueño de Amor (1960), la romántica Dirty Dancing (1987) con Patrick Swayze y Jennifer Grey, o más recientemente el joven Jaime Bell en Billy Elliot (2000). Otra pantalla, la pequeña, nos ofreció las series de televisión Fama (1982-1987) y Un Paso Adelante (2002-2005).

Pero no habíamos visto (o al menos quien escribe) nada parecido al resultado de la unión de la actriz Neve Campbell, el director Robert Altman y el Joffrey Ballet de Chicago. The Company (2003) no es una película sobre la danza, sino que es danza en si misma. A través de una compañía, sus ensayos, sus representaciones… asistimos sin descanso a un recorrido lleno de color y belleza, como si estuviéramos sentados entre el público desde el que a veces enfoca la cámara.

El proyecto surgió del empeño de Neve Campbell, bailarina desde su infancia en Canadá, quien participa además del guión junto a Barbara Turner. Quería recrear el mundo de la danza con una mirada limpia, y logró que fuera el director de Gosford Park (2001), auténtico creador de mundos de celuloide, quien se pusiera al frente de una película rodada en un estilo diferente, donde no hay concesiones al melodrama.

Pero en este casi documental rodado en vídeo de alta definición, Altman no sólo nos deja sentarnos en el patio de butacas sino que también nos abre la puerta a lo que no vemos tras las bambalinas del escenario; todo ese pequeño universo de ilusiones y aspiraciones, esmerados ensayos, impredecibles lesiones, decepciones, pasión y creatividad, de jóvenes y adultos que viven por y para la danza, cuyo esfuerzo responde en conjunto al único fin de ofrecernos unos momentos de inolvidable deleite cada vez que se abre el telón.

Aunque no es una película para disfrute de todos los públicos, tampoco considero que esté dirigida sólo a los amantes de la danza, más bien pienso que ha de gustar a todos aquellos que son sensibles al arte en sus diferentes expresiones. Sólo la parte final ya merece la pena, es precioso. Eso sí, quien vaya a verla ha de saber que no va a encontrarse con una película al uso, aquí no hay una trama definida que gire en torno a unos personajes protagonistas, en realidad son estos los que bailan, nunca mejor dicho, al son de la danza.

El reparto en su mayoría lo forman bailarines de verdad, los integrantes del Joffrey Ballet (una compañía que a lo largo de medio siglo ha combinado modernidad con clasicismo) y algunos coreógrafos destacados. Y entre los rostros conocidos, el británico Malcolm McDowell se mete de lleno en el papel del director de la compañía. James Franco, un actor al que no hay que perder de vista, aporta luz a la vida de la bailarina fuera de escena (quien en este discreto papel sigue recordando de manera sorprendente con la expresión de su rostro, a James Dean, a quien ya ha dado vida en el cine). Y cómo no, Neve Campbell, artífice de la película, espléndida por su talento, nos sorprende con uno de sus mejores papeles.

Anoche la vi por primera vez, en casa de unos amigos, y la verdad es que la disfruté, eso sí, gozando de un sonido y un colorido excelentes, indispensables en este caso.