jueves, 27 de diciembre de 2007

El Último Hombre Vivo

El Último Hombre Vivo

(The Omega Man. USA, 1971)

Thriller apocalíptico de corte antibelicista y ecologista

Rodada a comienzos de la década que hizo suya el cine apocalíptico y de catástrofes, El Último Hombre Vivo (1971) supuso la segunda adaptación a la gran pantalla de la novela Soy Leyenda de Richard Matheson con Charlton Heston en el papel del solitario protagonista que estos días podemos ver en el cine encarnado por Will Smith.

En 1969, el director Franklin J. Schaeffner contó con Charlton Heston para protagonizar una película de ciencia ficción sobre la evolución de la humanidad, El Planeta de los Simios, el resultado fue una obra maestra así como todo un éxito de público y crítica que asombró a quienes acudían a las salas de cine. Esta incursión de una estrella como Heston en la ciencia ficción no sería la última, en 1971 rodaría El Último Hombre Vivo y tan sólo dos años más tarde Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green).

A estas alturas de la vida en el cine prácticamente hemos visto de todo en lo que se refiere a la ciencia ficción, por otro lado la era digital ha permitido recrear mundos y escenarios con una perfección y detalle nunca vistos, pero no siempre fue así. En los años 70 era todo mucho más artesanal y aun así en ocasiones muy logrado. De niño
, cuando vi El Último Hombre Vivo, me quedé pegado al televisor completamente atento a las andanzas de un Charlton Heston que había cambiado la épica de las tierras bíblicas o las vastas extensiones del lejano oeste por la de las calles de una ciudad desierta en un mundo en el que había desaparecido la vida humana. La otra noche, a pesar del paso del tiempo, al que la película no es inmune y el devenir de mis años, volvió a entretenerme por sexta o séptima vez, la verdad es que he perdido la cuenta.

Mi aprecio por la película y por el propio Charlton Heston quizá mediatice mi valoración, y cierto es que El Último Hombre Vivo es la menor de los tres títulos de ciencia ficción por él protagonizados citados al comienzo. A diferencia de aquellos, mejores en su guión y puesta en escena, donde la crudeza es mayor de principio a fin, aquí hay concesiones a la ironía, la esperanza y puesto que se desarrolla en un mundo contemporáneo (no muy lejano) a un controvertido look de los años 70.

El Argumento

El Último Hombre Vivo nos sitúa en un mundo (el de 1977) en el que ha desaparecido la vida humana. Dos años antes, una guerra entre China y la Unión Soviética, además del empleo de las armas nucleares desató una guerra bacteriológica que es la que ha terminado por acabar con la raza humana víctima de una plaga. El Doctor Neville (Charlton Heston) es un antiguo militar que ha logrado sobrevivir a la hecatombe. Por el día recorre la ciudad de Los Ángeles rifle en mano en busca (para su eliminación) de los miembros de “la familia”, bajo cuyo nombre se agrupan aquellos que habiendo sobrevivido a la tragedia han experimentado una serie de mutaciones que los ha convertido en una especia de zombies nocturnos. Por la noche se refugia entre los recuerdos de las paredes de su casa y ahoga sus penas en
un vaso de whisky.

La película está basada en la aclamada novela de Richard Matheson titulada Soy Leyenda (1958), la cual ya había conocido una primera adaptación cinematográfica previa con El Último Hombre Sobre la Tierra protagonizada por Vincent Price en 1964. Sin embargo, a diferencia de la novela y al igual que otros títulos para los que ha sido velada fuente de inspiración como La Noche de los Muertos Vivientes (1968) o 28 Días Después (2002), en este caso, el protagonista no se encuentra con un mundo en el que todos se han convertido en vampiros, sino que estos son sustituidos por una especie de zombies. Eso sí, al igual que las criaturas de la noche, estos mutantes que han adquirido un aspecto albino y tienen alteraciones psicóticas ambas efecto de la plaga, también padecen una gran sensibilidad a la luz que los hace guarecerse del sol y por la noche protegerse con gafas de sol.

Análisis: Heston tiene el mundo para él sólo

Las escenas del comienzo de El Último Hombre Vivo, cuando en la pantalla asistimos a como Neville recorre las calles desiertas de la ciudad de Los Ángeles, son sin duda lo mejor de esta película, y las que más impactaron en su momento. Para su rodaje se sirvieron de los fines de semana y los días festivos, rodando a primeras horas del día, lo que facilitaba el vacío de las calles. La fotografía de Russell Metty (Espartaco, Sed de Mal) hizo el resto,
logrando retratar con sumo efectismo una ciudad en la que la vida humana había cesado dos años atrás. Esa misma ciudad de calles desiertas, la hemos visto años más tarde convertida en Madrid (Abre los Ojos), Nueva York (Vanilla Sky) o Londres (28 Días Después).

Los diez primeros minutos, en los que Heston deambula con su descapotable rojo (ro
jo también es ahora el de Will Smith en Soy Leyenda) convertido en el único habitante de la ciudad, nos legan los mejores momentos. Nos transmiten la sensación de soledad a la que se enfrenta el personaje. Cambia de automóvil simulando mediante un diálogo ficticio la compra de uno tras un accidente o elige ropa nueva a su gusto de una tienda cuando ha de cambiarse. Emblemáticas las escenas de cuando entra en un cine y proyecta Woodstock (la película que se supone se estaba pasando en el momento de la hecatombe) y le escuchamos repetir los diálogos que ya ha memorizado de tanto verla, o cuando ya en la calle comienzan a sonar los teléfonos en su cabeza y tiene que convencerse a si mismo de que nadie está llamando, que está sólo en el mundo.

La interpretación de Heston aunque sí transmite soledad, no refleja del todo la desesperación ni el desasosiego de vivir sólo en un mundo en el que es perseguido por aquellos mismos a los que trata de dar caza, ni se da en él la duda razonable sobre quién es en realidad el monstruo, como sí ocurre en el libro de Matheson. El director Boris Sagal y los guionistas optaron más por un sufrido héroe de tin
tes épicos enfrentándose con absoluta determinación a la adversidad (en lugar de un antihéroe) a los que el actor había encarnado tantas veces ya en la gran pantalla. Y sustituyeron la fuerte carga pesimista de la novela por algún que otro rayo de esperanza y un tono más llevadero, del que son buen ejemplo los irónicos comentarios de Heston en diversos momentos de la película. Así cuando concluye la proyección de Woodstock comenta “ya no se hacen películas así”, al estrellar su automóvil “no se ve ni un guardia cuando se necesita” y otras frases por el estilo.

La película se rodó al inicio de los años 70 y no escapa a las modas del momento. Para empezar la banda sonora, a tono con la época, obra de Ron Grainer (compositor que se desenvolvió gran parte de su carrera en la televisión, hecho que se deja notar) es denostada por muchos de quienes ven el film. Sin embargo, son pocos los momentos en que la música no resulte apropiada para las escenas, encajando perfectamente la mayoría con el ritmo y el sentido del film, como por ejemplo en la tensión de la escena del ascensor. Woodstock estaba reciente, así como la estética hippy de una generación cansada de guerra, tradición y del sistema, lo cual se puede apreciar en el joven que cuida de los niños a los que encuentra Heston o en la propia ropa de gala que se pone éste para cenar (chaqueta de pana y camisa con volantes). Otro tinte moderno que tampoco se ha beneficiado con el paso del tiempo, es el look afro de los actores de color que se llevaba entonces. Sobretodo en lo que se refiere a su caracterización como albinos.

Realizada en el momento álgido del Black Power (años 60 y 70) en Norteamérica
, los actores de color tienen una importante presencia (el niño por ejemplo). Heston mantiene aquí una relación (incluidos beso y cama) con una joven de color, Lisa (Rosalind Cash) a la que encuentra después de dos años de soledad, relación interracial muy poco frecuente de ver en el cine todavía en su época y mucho más en una estrella de la talla de Heston, aunque éste ya desde los años 50 se había revelado como un firme defensor de la igualdad entre ambas razas, llegando a manifestarse portando carteles por las calles o liderando al grupo de actores que acompañó a Martin Luther King en la Marcha sobre los Derechos Civiles sobre Washington de 1963 (cuando la mayoría de los mismos eludían todo esto por no perjudicar sus carreras).

Esta relación interracial se nos presenta con toda naturalidad, posible en parte dado que al no haber más seres humanos, sólo son un hombre y una mujer, libres de prejuicios y convencionalismos sociales, que necesitan no sentirse solos después de tanto tiempo. En la parte erótica de la película, además del torso desnudo de un maduro Charlton Heston, tantas veces explotado, el aspecto más llamativo son los desnudos de Rosalind Cash. Superado el Código Hays (de censura) en 1967, el cine norteamericano había empezado tímidamente a incluirlos. Junto a ellos, también llama la atención por su atrevimiento, la escena en que Heston y Rosalind visitan la parte del supermercado dedicada a los productos de control de natalidad e ironizan sobre la utilización de las píldoras anticonceptivas (ahora que no hay exceso de población pues la especie humana ha desaparecido).

El bajo presupuesto seguramente influyó en la puesta en escena, sobretodo en lo referente al maquillaje y caracterización de los miembros de la familia (muy lejos del logrado en El Planeta de los Simios) llevándose la peor parte los actores de color. Aunque lo más pobre de la película es el accidente de helicóptero o el nulo disimulo del doble de Heston manejando la moto, pocas veces el uso de este recurso ha resultado tan descarado.

Cine apocalíptico en plena Guerra Fría

La sensación de seguridad y estabilidad experimentada por las sociedades occidentales en la década de 1950, entró en crisis a lo largo de los años 60 debido principalmente a la amenaza nuclear existente en el contexto de la Guerra Fría. La Crisis de los misiles de Cuba en 1962 puso de manifiesto lo cerca que el mundo estaba de un holocausto nuclear. El mismo miedo infundían las armas bacteriológicas. La posibilidad de que el desarrollo humano podía llevar implícita su autodestrucción empezó a hacers
e patente. En la década de los años 70 a esto se sumó la crisis moral resultado de la sangrante Guerra de Vietnam, una crisis industrial y energética provocada por el petróleo y la preocupación del ecologismo por la contaminación del planeta. La literatura y el cine fueron reflejo de esas preocupaciones (del miedo) y se sirvieron de su capacidad de inventiva para mostrarnos diversas formas de cómo sería el futuro que esperaba a la humanidad.

Todo esto se refleja en la película. La sustitución de los vampiros originales de la novela por esos mutantes (aquí organizados) que visten una especie de hábitos, viene a colación de introducir el debate (más o menos ingenuamente planteado) sobre si el progreso lleva a la destrucción. Así, los miembros de la familia que han sobrevivido estigmatizados a la hecatombe, liderados por Mathias (un acertado Anthony Zerbe) son detractores de la ciencia, el militarismo, la tecnología, la cultura (queman libros y destrozan bibliotecas) por haber llevado al hombre a su extinción. El fuego es su arma purificadora y las máquinas son tildadas de infernales. Para el falso profeta de Mathias un científico es un “hombre que no entiende nada hasta que no hay nada que entender”. Esta fanática religión, junto al hábito, el hecho de llamarse hermanos entre sí y el miedo a la luz parece conferirles ese aura inquisitorio propio del imaginario creado sobre la Edad Media (o Edad Oscura para los anglosajones). Y Neville (Charlton Heston) encarna el objeto de su ira en su múltiple faceta de médico, científico y militar.

La contraposición entre ciudad y campo también se observa al ser la primera baluarte del progreso del hombre y el segundo lugar de idílica convivencia con la naturaleza donde los libres de la plaga sueñan con iniciar un nuevo génesis de la humanidad.

Woodstock (1968) estaba muy cercano con todo lo que éste representó para una generación que desconfiaba de los políticos y del ejército, y que estaba cansada de la Guerra de Vietnam. Sin embargo la película, redime la figura del científico y militar, pues aquí lo mismo que es causante de la catástrofe, es también uno de ellos, Neville, quien puede devolver la esperanza mediante un suero o una vacuna (salvación de corte mesiánico que proviene de su propia sangre). Jugando a ser una especie de dios (como le pregunta la niña) que quita y da la vida. Atención al detalle de la gorra militar que se rescata del agua de la fuente y se deposita con decoro.

Habiendo desvelado más del guión de lo que acostumbro a hacer, recomiendo sin más ver este thriller de ritmo entretenido con cierto grado de indulgencia con determinada parte de la puesta en escena y algunos aspectos del guión, e ir al cine a ver a Neville (Will Smith) esta vez sí acompañado por su perro.
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A continuación puede visionarse la escena de angustiosa paranoia de Charlton Heston escuchando sonar los teléfonos de la ciudad.


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy un fan de esta pelicula y nunca había leido una crítica tan buena de la misma. A veces olvidamos que los medios de entonces no eran los mismos que ahora y peliculas tan significativas como esta abrian paso a la ciencia ficcion.